El misterio de Victoria
23/02/2016
02/06/2016
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La solución sería, tal vez, cortarse las piernas y esperar que unas nuevas le crezcan. Alejandro iba escudriñando entre sus recuerdos toda información que le fuese útil para realizar la sangrienta tarea que tenía en mente. Eso o tal vez podría tomar clases de baile, pensó. La inverosímil idea conjuró una media sonrisa en su lacónica expresión. Alejandro sacudió ligeramente la cabeza y bebió un poco del pisco sour que tenía en la mano.

La música no era totalmente insoportable. No era necesario gritar sobre ella para que pudiese responder las preguntas que lanzaba Helen. Ella hablaba y hablaba como si hiciera todos sus intentos para no ahogarse en el mar del silencio incómodo. Había gastado más de la mitad de lo que había presupuestado antes de salir de casa. Aunque no sintió tirria hacia el taxista que les cobró veinticinco soles para llevarlos hacia ese extremo de Lima. Lo que sintió fue pena por lo destrozada que debía tener esa espalda y lo aplanado que debía de estar su trasero. Cuando le dio el dinero sintió que debía darle por lo menos unos diez soles más para que el hombre, moreno y de unos treinta años, vaya hacerse un chequeo urgentísimo en uno de los hospitales que la municipalidad tenía. A Helen le parecía infinito el camino, se quejaba cada diez minutos y miraba a través del espejo de manera incrédula la longitud, desconocida para ella, que Lima tenía. “Solo vengo porque es Sole, porque si no ni loca, ¿me entiendes?”, aclaró cuando Alejandro le preguntó si antes había venido por el norte de Lima. Contrariamente Alejandro había pasado la mayor parte de su vida moviéndose alrededor de toda la capital. Su papá era del cono sur; su mamá, del norte. Por lo que tenía familiares despedregados a lo largo de la grisácea cuidad.

La casa de Soledad estaba en lo más recóndito de San Martin de Porres, a tan solo unos pasos del Callao. Una casa de varios pisos de alta, pintada de melón con un pequeño jardín en la parte delantera. Con plantas cubiertas de polvo y monóxido de carbono, pero en Lima eso no era sorprendente. Sobre todo en el norte, Alejandro creía que esa parte del mundo era aún más gris de lo normal. Subieron por unas escaleras cubiertas de cerámicas que los llevó hacia una sala grande. Soledad lo recibió con un abrazo y un grito de emoción. Era la primera vez en todos los años que la conocía que se había animado en ir a una de sus fiestas. Alejandro era más amigo de Soledad que Helen de ella. Alejandro le había presentado a Soledad al inicio del cuatrimestre, cuando comenzó a gilear con ella. Habían salido un par de veces y pensó en dejar a Helen de lado hasta que se enteró que Emma estaba con alguien. Alguien mucho más alto que Alejandro, más delgado que él, con más músculos que él, con más dinero que él y lo peor que bailaba mejor que él, mucho mejor.

—No se pisa el mismo charco dos veces, querido —le aseguró Soledad, cuando lo encontró observando boquiabierto la pareja que se movía en la pista de baile. Ale no puede negar que eso fue una pisoteada a su autoestima.

Emma amaba bailar, y todas sus amigas se hacían la misma pregunta: ¿Qué hacía la hermosa Emma con un pobre diablo de dos pies izquierdos? ¡Y encima está medio gordito! ¿No?

Durante el tiempo que estuvieron juntos, ella evitaba las fiestas y las salidas a discotecas, Alejandro sabía que lo hacía por él, para evitar hacerle pasar vergüenza. Las veces que se veían obligados a ir a algunos de esos lados, se quedaban sentados, conversando, bebiendo y besándose. Durante todo el tiempo que estuvieron junto, Alejandro siempre pensó que Emma acabaría con su relación por ese motivo. Realmente fue uno totalmente distinto.

—Disculpa Ale—. Helen se le acercó y le tomó del brazo. Alejandro no se inmutó y de un solo trago se terminó su vaso de pisco sour—. ¿Puedes creer que había cola en el baño?

Alejandro alzó las cejas con impresión fingida. Helen lo dejó por un momento y volvió enseguida con dos vasos adornados con pedazos de limón en el borde. Se acercó con pasos al ritmo de la música, un reggaetón moderno que Alejandro recuerda haber escuchado una y otra vez en la combi camino a la universidad. La observó minuciosamente, deteniendo la mirada en ese par de músculos que se movían junto a ella y recordó la razón por la que le había hablado en un inicio.

—Salud —gritó enérgicamente entregándole uno de los vasos. Los chocaron y el sonido del ligero impacto se vio opacado por el inesperado cambio de volumen de la música. Alejandro giró sobre sí y vio a Soledad a lado del dj gritando lo mucho que le gustaba esa canción.

—¡Me gusta esa canción!

Soledad tomó la mano de su enamorado (o ex enamorado, nunca se sabía), lo llevó al centro de la sala y empezaron a bailar como si fueran parte de algún programa concurso.

—¿Bailamos? —preguntó Helen con mucho ánimo, balanceando sus hombros al compás del bajo y la voz de algún cantante Colombiano que hacía un penoso intento de rápear.

—Yo no bailo —confesó sin vergüenza alguna Alejandro, bebió de su mojito. Primero pensó en darle un pequeño sorbo pero en la pista apareció Emma y su nuevo enamorado. ¿Cómo se llamaría? ¿Rafael o Roberto? Ale no recordaba. Entonces hizo un seco-y-volteado.

—No seas loco, esa canción en lindísima, ven que yo te enseño.

Alejandro no hizo objeción alguna, y permitió que Helen lo llevase hacia la pista de baile como si de jalar una almohada se tratase.

—Es simple, solo mira mis pies, haz lo que yo hago. Pie derecho, pie izquierdo, derecho, izquierdo. Así, así. Ves es facilísimo. Ahora intenta mover las caderas, no tan tieso… auch.

—Lo siento.

—Descuida, ve más despacio. Déjate llevar por la música.

Alejandro se sentía avergonzado, pero no había emoción más fuerte que la ira que sentía al ver a Emma envuelta en esos brasazos producto de varias horas de gimnasio, quizá. Bueno, siendo sinceros, no había emoción más fuerte que la que lo invadió el cuerpo entero cuando sus vistas se encontraron y ella sonrió por un instante. El momento duró poco, un efímero placer, un corto resumen del año y medio que estuvieron juntos. De sus besos, de sus caricias, de sus risas, de las veces donde las palabras emanaban como agua de grifo, y de los momentos donde no eran necesarias las palabras. Se quedó tieso como si fuese una estatua de la isla de pascua.

—No puedo —sentenció Alejandro.

—Pero si estábamos yendo bien.

—No sirvo para esto —aseguró antes de dar la media vuelta e ir por un trago.

Agradeció que la mayoría de los invitados siguieran en la pista porque encontró la barra libre.

—Un shoot de tequila.

—No tengo tequila.

—Un shoot de lo más fuerte que tengas —pidió ligeramente exasperado.

El bartender se le quedó mirando, cerciorándose si Alejandro estaba seguro de lo que estaba pidiendo. Ale lo ignoró, entre la mezcolanza de emociones podía sentir culpa por haber venido con Helen. Sincerándose con él mismo, Alejandro sabía que no sucedería nada con ella. Sus amigos eran capaces de hacerle callejón oscuro si se enteraban que dejó ir a Helen sin haberse acostado con ella. ¡Ni siquiera la había besado! Todas las veces que habían acabado caminado tomados de la mano, había sido porque ella buscaba su mano y la sostenía con fuerza e ímpetu.

—Aquí tienes.

Ale le recibió el vasito y de un solo golpe, sin respirar, lo vació. Arrugó la cara consecuencia del ardor que le había generado el licor, que más parecía agua del perfume más fuerte. El ardor se deslizó hacia su estómago y recordó que no había comido nada desde el almuerzo que su mamá le obligó a ingerir antes de que ella saliera a pintarse sus canas. Como poseído se dirigió hacia la comida que había sobre una mesa de vidrio al otro lado de la sala. Le costaba el doble de trabajo mantener el equilibrio. Tomó uno que otro piqueo y se lo embutió sin dar muchos mordiscos. No quería que el alcohol le afectara por tener el estómago vacío. Ya lo había hecho.

—¿Ahora bailas? —preguntó… ¿Emma?

Alejandro pensó que era parte de su borrachera, pero no. Ella estaba ahí, bañando un marshmallow con chocolate.

—¿Ahora te gustan los músculos más que el cerebro?

—No conoces a Arturo, no puedes juzgarlo.

—Lo siento.

—No cambias— sentenció ella con firmeza y desilución. Alejandro bajó la mirada porque Emma tenía razón—. No te dejes llevar por tus emociones.

—No quería bailar, ella insistió. Quiso enseñarme pero no puedo hacerlo.

—Te insistí medio año para que vayas a mis clases y a ella solo le tomó una fiesta para convencerte. ¡Sorprendente! Bueno te dejo solo, suerte.

Emma siempre acababa todas sus conversaciones con la palabra “suerte”. Las veces que hablaba por teléfono, cuando escribía algún mail o en el chat de Facebook. Cuando se despedía de su amiga siempre era: “un beso cholita, suerte”. Lo que Alejandro necesitaba no era suerte, tampoco cortarse las piernas y que le crezcan unas nuevas, ni meterse a clases de baile. Menos que Helen, quien ahora bailaba con un total desconocido, le indicara como dejarse llevar por la música. Lo que necesitaba era tomar de la mano a Emma y jalarla hacía él, tomarla entre sus brazos, plantarle un beso y decirle lo mucho que la amaba. Decirle que fue un huevonazo por creer que se acostaba con su profesor de tango, el argentino hijo de puta. Pedirle disculpas por haber revisado sus mensajes y haberla seguido después de clase. Pero no se lanzó, no lo hizo y era tal vez porque Alejandro era un espectador y no un bailarín, era de esas personas que no toman acción y ven al resto bailar.

Él era de los que se quedaba en el borde esperando que se acabe la fiesta.

arnoldcamus
arnoldcamus
Fotógrafo y videografo. Amante de la lectura, escritura y sobre todo de la música.

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