Yo no bailo
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Déjame Ir
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En el otoño del 2010 conseguí mi primer trabajo. Un año atrás había terminado la secundaria y les había pedido a mis padres que me den un año sabático para decidir bien qué era lo que iba a estudiar. No me quería apresurar con la decisión. No después de ver cómo Armando, mi primo, había dejado su carrera de ingeniería industrial meses antes de terminarla para comenzar a estudiar música. Andaba de arriba abajo con algún instrumento en mano. Cada vez que lo veía dudaba mucho y entonces decidí que me tomaría un par de meses para determinar lo que realmente quería hacer por el resto de mi vida. El problema era que para el año y medio aún no había decidido nada. Mi papá, cansado de verme sin hacer nada (lo cual es mentira porque aprovechaba mi tiempo leyendo o escribiendo), me consiguió un trabajo en la cafetería de su amigo José Luis Butrón, el señor Pepelucho, así sin separación, porque nadie se daba una pausa entre esos nombres. Pepelucho era un hombre de tez tan blanca como el papel y alto como un poste, de cabeza brillante como un foco sin ningún pelo a la vista. Además, era dueño de una cafetería ubicada en pleno corazón de Barranco, frente a la biblioteca municipal. Cafetti aún se mantenía viva a pesar de la inauguración de un Starbucks a tan solo media cuadra. Cuando comencé a trabajar pensé que no duraría mucho tiempo. No porque me costaba más de lo normal aprender a usar la máquina de café, sino porque había toda una ola de hipsterismo que invadía Lima, donde el subir una foto de tu frapuccino de Starbucks a cualquier red social te hacía cool, puntos extras si lo hacías en plena lluvia. A veces cuando Meche, realmente prefería que la llamen Mercedes, y yo salíamos a escribir el pizarrón de los especiales del día nos reíamos de todas esas colegialas que andaban en grupos, con los brazos entrelazados, y se apresuraban en comprar un Frapp Mocha Venti para tomarse cientos de fotos, en diferentes poses.

—¿Sabes qué es lo bueno de todo esto?

—¿Lo “buenas” que están?

—No idiota, que no tenemos que atender a tanta chibolada. Mi paciencia no da para tanto, te digo.

—No sé, a mí no me molestaría atenderlas. Sobre todo a la de faldita corta.

—Eres un pervertido. Puedes ir a la cárcel, te advierto nomás.

—Vas a la cárcel si haces algo, no si te lo imaginas.

—Por eso estás soltero.

—¿Soltero? Samuel Cadillo nunca está soltero.

—Nunca podría salir contigo, eso es seguro. Eres buena gente como amigo, pero como novio debes ser medio patán.

—Todo es broma Mechita, no te lo tomes en serio. Si quieres podemos intentarlo para hacerte cambiar de opinión.

—Tal vez puedan intentarlo fuera del horario de trabajo —la rasposa voz de Pepelucho me asustó. Lo observé serio tratando de concentrarme mucho en sus ojos. Era difícil, pero no por la vergüenza sino porque su iluminada pelada absorbía la atención como un hoyo negro pero a la inversa—. Samuel, necesito hablar contigo.

Mercedes me observó preocupada, aprisionando su carnoso labio inferior entre sus dientes. —Señor, solo estábamos bromeando…

—Lo sé, Mercedes, también tengo sentido del humor, necesito pedirle un favor al señor Samuel. Mercedes no dijo nada más y se metió en el café, sin ni siquiera mirar atrás por un segundo. Tenía un lindo cuerpo pero un genio que no hubiese soportado si es que hubiese salido con ella.

—Samuel.

—Señor.

—El hermano de Marcos ha fallecido, su familia es de Tacna y viajará mañana para allá.

—Lo siento mucho.

Empecé a sentir un poco de frío y un vacío escalofriante en mi pecho. Como si alguien le hubiese atravesado un pedazo de hielo.

—Yo también, le he dicho que se tome todo el tiempo que sea necesario. Es un buen chico y no quiero despedirlo por faltar un par de días. ¿Crees que puedas cubrirlo? A lo máximo supongo que será una semana o dos.

—Sí claro, no hay problema. Igual según mi padre no hago nada productivo en casa.

—Sí me ha comentado Daniel sobre el tema. No le hagas caso, siempre ha sido un amargado y peor ahora que está viejo.

—Trataré de seguir su consejo señor.

—Gracias Samuel, le haré saber a Marcos que no se preocupe.

—Descuide, dígale que no habrá problema alguno.

Realmente sí lo hubo. Al cuarto día sentía que necesitaba amputarme los pies para que dejasen de palpitarme con tanta intensidad. Mi jornada laboral había pasado de cuatro horas a casi trece y el cambio fue tan brusco que solo llegaba a mi casa a dormir. Intentaba animarme pensando en el dinero extra que ganaría pero era imposible pensar en eso, o peor aún, poder disfrutar ese dinero sabiendo que provenía de un suceso tan doloroso. Siendo sincero, desde que Pepelucho me dijo sobre la muerte del hermano menor de Marcos esa sensación vertiginosa en el centro del pecho no me ha dejado en paz. No había hablado mucho con Marcos, solo un par de holaychaus y alguno que otro comentario de la Champions League una tarde que me quedé a esperar a Mercedes. Era un buen muchacho según lo que Meche me había contado. Vivía en Lima hace cinco años y había ingresado a la UNI después de dos intentos fallidos. Sus padres eran campesinos en el sur del país y su hermano aún estaba en primaria. Estuve tarde y noche dándole un rostro al pequeño y pensando en cómo había muerto. Debo admitir que mi mente es bastante retorcida y sangrienta, lo que avivaba esa incómoda sensación. ¿Se habría caído de algún acantilado? ¿Lo habría atropellado algún camión? ¿Se habría ahogado con su propia saliva mientras dormía?

—¿En qué piensas?

—En nadie… en nada.

—Despierta que llegó alguien a una de tus mesas.

Intenté sonreírle a Meche para disimular mi fastidio antes de dirigirme, aún algo ido, hacia el comensal que estaba sentado leyendo un libro. ¿Le habría gustado leer al hermano de Marco? Yo leía mucho y no por algún motivo en específico. O tal vez el hecho de que mi madre no me dejase salir de casa era el motivo específico. No tenía hermanos y en esa época mi primo Armando vivía en Ica, entonces me encerraba en la oficina de mi papá a leer. Comencé leyendo con Borges para luego consumir el resto de autores. Dickens, Flaubert, Hemingway, Márquez y un largo etcétera. Si hubiese tenido un hermano le hubiese leído Moby Dick por las noches. Traté de memorizar la orden del comensal, quien era una mujer con el cabello tan corto que pensé que era un hombre. Un expreso y una magdalena de chocolate. ¿O era un Cappuccino y una galleta de avena? Tal vez el destino no quiso que tuviese un hermano porque el dolor es directamente proporcional. Mientras más personas importantes tengas en tu vida el dolor de perderlas es mucho más insoportable. En algún nivel creo que siempre fui consciente de eso, y comenzó cuando vi lo mal que se puso mi mamá cuando murió su papá. Se encerró por varios días en su habitación y hubo días en los cuales me quedaba dormido en la puerta cansado de esperar a que salga. Mi papá me despertaba y me llevaba cargando hasta mi habitación.

—Tienes que darle tiempo a tu mamá, ella ahora necesita ser hija por unos últimos días.

—¿Por qué no sale?

—Porque está pasando por un proceso muy fuerte.

Mi papá con dos dedos y de un solo tirón me arrancó parte de una ceja. Protesté por el dolor y comencé a sobarme con intensidad la parte afectada con la palma de las manos.

—¿Por qué hiciste eso? ¡Duele mucho!

—Para que entiendes un poco, ese dolor multiplicado por un millón es el dolor de perder a alguien.

Desde entonces creo que me decidí, inconscientemente, volverme ligeramente solitario. Digo ligeramente porque siempre he tenido amigos, pero no los he mantenido por mucho tiempo.
Pepelucho me chasqueó los dedos despertándome de los recuerdos. Señaló mi orden ya lista sobre la barra. Me ordenó despertar o si no acabaría rompiendo las tazas. Tomé la bandeja con cuidado y observé a la chica. Tiene el cabello muy negro, y estaba seguro que se lo pintaba. Era imposible que un negro de esa tonalidad sea natural. Llevaba una bufanda roja atada al cuello. En sus manos tenía La Divina Comedia y me sorprendí.

—Aquí tienes. Un Cappuccino y una galleta de avena.

—Eh… ¿gracias?

—No es lo que ordenaste, ¿cierto?

—No —me respondió con amabilidad. Al sonreír sus ojos se achinaron y sus mejillas se arrugaron como pañuelos. En cualquier momento comenzará a reírse, pensé.

—Era un expreso y una magdalena de chocolate, ¿cierto?—. No dijo nada, solo asintió—. Debería haber un castigo en el purgatorio de Dante para la torpeza, ¿no?

—¿Cuál sería el castigo?

—No lo sé, ¿No equivocarse nunca?

—Creo que sería mejor calambres en las manos… o en las piernas, no lo sé.

—Eso suena mejor, ahora vuelvo con tu pedido.

—Pensándolo bien, ¿crees que pueda hacer un cambio a mi pedido? De pronto ya no siento ganas de un expreso ni de harina de chocolate.

—¡Claro!, de todas manera volverán a hacerlo. ¿Qué se te antoja?

—Un Cappuccino y una galleta de avena.

Le ofrecí una sonrisa un poco forzada porque a pesar de todo me sentí un tonto. Le dejé la taza y el plato sobre la mesa con cuidado.

—Disfruta tu pedido.

—Gracias— me dijo antes de sumergirse de nuevo en su lectura.

Me quedé pensando en que si tal vez esta sensación que me ofuscaba sería parte de un castigo perfecto para uno de los círculos de Alighieri.


Sus labios eran amos de los míos, por la forma como los dominaba, con tal destreza que me excitaba un poco, está bien, mucho, un huevo, como mierda, harto. No existía excusa alguna para no calificar a esa ruptura como la mejor ruptura de todas, aunque era lo que menos parecía. Sus manos habían encontrado su camino entre mi camisa y mi espalda. Presionaba con fuerza y lujuria mientras yo buscaba desabrochar su blusa con premura y desesperación. Todo indicaba que iba a hacer algo épico, salvaje y memorable. Pero no lo fue porque de pronto ella se detuvo, se llevó la mano al estómago y comenzó a vomitar.

—¡Oh, mierda! —maldije en voz alta, llevando las manos hacia la cabeza, tratando de apartar mi cabello de mi sudada cara.

Wendy se tambaleó un poco y luego consiguió equilibrarse apoyando su mano sobre una pared. Cuando creí que ya todo había pasado, pensé en que tal vez podíamos retomar lo que habíamos comenzado. Sí, así de excitado estaba. Pero, ella volvió a vomitar, con tal fuerza que pensé que en cualquier momento vomitaría algún órgano.

—¿Qué te pasa? —pregunté como un retrasado mental. “¿Kitipisi?” ¿En serio Samuel? ¡¿En serio le preguntaste eso?! Si tuviera una máquina del tiempo ahora mismo la usaría y volvería a ese preciso momento y me abofetearía tan fuerte que perdería un par de dientes.

Wendy se irguió con dificultad y con la muñeca de su mano derecha se limpió la boca. Me observó y empujada por la vergüenza bajó la mirada. Con ambos antebrazos intentó ocultar su rostro. —¡No me mires! No puedo creer que me esté pasando esto.

Al ver que no estaba en peligro de muerte, o algo similar, me comencé a reír.

—¡Deja de reírte!

Estaba muy ebrio. No me podías pedir algo así con tanto alcohol recorriendo mi sangre como un tobogán.

—Lo… siento… Didi— traté de decir soltando un poco de aire entre cada palabra. —¡Odio que me llames Didi! Solo vete y cierra la puerta.

—Está bien, me voy, me voy.

—Samuel —me llamó antes de que saliera por la puerta del baño—. Ninguna palabra sobre esto. —Está bien —aseguré abriendo la puerta. El potente ruido que provenía del primer piso se filtró, ahora esto parecía una escena de un corto universitario mal hecho.

—Samuel —volvió a llamar antes de que cerrase la puerta, esa vez tuvo que alzar un poco la voz—. Ya no te quiero.

En la vida cuando te dicen ese tipo de cosas el dolor depende de que tan profundo está esa persona dentro de tu corazón. En este caso Wendy estaba abriéndose paso. Pero no le echo la culpa a ella sino a mí mismo. Porque siempre que la alejaba de mi vida volvía a ella. Y por más mínima que sea la fuerza con la que golpeas una superficie, esta cederá con el tiempo si sigues insistiendo.

—Está bien —dije, para mí, porque era imposible que mi voz haya atravesado la madera que separaba ambas habitaciones.

Acomodé mi camisa, me remangué las mangas y traté de buscar una razón para sonreír de verdad, no la encontré. Entonces sonreí de puro mimetismo, como un camaleón, antes de bajar por las escaleras que daban a la sala del departamento.

—¡Ahí está Samuel! —gritó alguien. Lolo, creo.

—Oye conchesumare, ¿dónde mierda estabas? —preguntó Tavo, pasando un brazo sobre mi hombro, podía sentir el fuerte tufo que emanaba su boca.

—Tirando con Wendy, los vi subir hace un rato—dijo alguien, un amigo de esa época. No recuerdo su nombre, seguro porque después de ese comentario dejé de hablarle. Con un puño tomé su camisa y lo jalé hacia a mí. Me solté de Tavo y miré a este tipo a los ojos. Los tenía muy rojos. Estaba asustado.

—Habla bonito cuando te dirijas a ella.

—Solo estaba bromeando huevón.

—Eso espero —le advertí soltándolo de un tirón. Y me fui. Me fui porque no encontraba razón alguna para seguir allí; a la mayoría los había conocido por Wendy, y si quería evitar que Wendy valga lo suficiente como para sufrir por ella debía irme.

La calle estaba repleta de autos, ¿derecha o izquierda? No recuerdo por donde fui. Pero sí recuerdo el sonido de una botella que cayó de lo alto del edificio y las alarmas de los carros sonaron en coro. El perfecto soundtrack para esta noche, pensé. Luego imaginé, al hermano de Marcos cayendo y destrozando sus huesos contra el pavimento.


—¡Qué carita! —gritó Mercedes, al día siguiente, con esa estruendosa voz que usaba siempre para avergonzar a alguien frente a los demás. Julio, el otro mesero, me observó un rato y alzó las cejas por la sorpresa. ¿Me veía tan mal como me sentía?

—¿Quieres dejar de gritar?

—No deberías trabajar en ese estado. ¿Qué has hecho anoche o no lo recuerdas?

—Recuerdo todo, créeme que si fuera posible decidir que borracheras olvidar y cuales recordar por el resto de tu vida, la de anoche iría de frente al tacho de basura.

Tomé uno de los delantales que colgaba en el perchero pegado a la pared detrás de la caja registradora. Me lo acomodé torpemente.

—¿Tan malo fue?

—No, he tenido peores noches. El complemento perfecto fue el sermón que he recibido de mi papá esta mañana.

—¿Otra vez lo de la universidad?

—Es de lo único de lo que habla, se está volviendo insoportable.

—Ya sabes que pienso respecto al tema

—Lo sé, pero no pienso perder mi tiempo en algo que tal vez acabaré abandonando.

—Pero no lo sabes puede que al final… —cortó su oración ahí al notar la expresión que puse—. Está bien, si no quieres los consejos de Mercedes es tú problema. Solo déjame decirte que varias personas pagarían por recibir ayuda mía.

—No me uses de conejillo de indias.

—Eso pasa cuando se consiente mucho a los hijos, buscan luego conseguir la atención de todo el mundo.

—¿Me estás llamando egocéntrico?

—No te he llamado de ninguna manera, solo digo que estás buscando algo de atención.

—Créeme que busco lo contrario, quiero pasar de largo, sin que me noten. Como un ninja—. Traté de personificar uno pero al mover mi cabeza sentí mi cerebro rebotar dentro de mi cráneo—. Deja el tema de lado Mechita y déjame trabajar.

Creí en ese momento que debí contarle a Mercedes todo lo que había desatado en mi mente la muerte del hermano de Marcos, pero ahí sí me hubiera sentido un egocéntrico. Sentí que me iba a decir algo como: “El buen Marcos ha perdido a su hermano y tú te preocupas por un ataque ansiedad…” y proseguiría de largo dándome una larga explicación que envolvería varios temas psicológicos que no entendería. Mercedes estudiaba piscología en una universidad privada por las noches. Por eso nunca podíamos quedar para vernos fuera del trabajo. Y los fines de semana, avanzaba su tesis.

—¿Qué tal Bea?

—Silencio —me calló mientras sostenía firmemente una copia de Los restos del día delante de su cabeza. Su cabello corto había crecido muy poco en el tiempo que llevaba acudiendo al café.

—¿Lo de siempre?

No me respondió, asintió rápidamente sin despegarse del libro. Su expresión era indescriptible, me preguntaba en qué parte iba, movía tanto el libro que la resaca no me permitía concentrarme. Parpadeé rápidamente para no marearme y volví hacia la barra, ya era experto con la máquina por lo que no tuve que pedirle ayuda a Julio ni a Marcos. A este último era la última persona con quien quería cruzar palabra alguna. Era imposible poder mirarlo a los ojos y evitar sentirme triste. ¿Por qué me afectaba de esa manera la muerte de alguien que no conocía? Muchas personas mueren día a día. Apuesto que son más de mil personas que mueren alrededor del mundo. A puesto, a ojos cerrados, que ahora mismo alguien está muriendo. La gente muere mientras duermo, mientras río, mientras sirvo café, mientras lavo las tazas, mientras cago. ¡Pero no veo a nadie sufriendo por la muerte de alguien que no conoce!

Regreso a la mesa para entregar el cappuccino y la galleta de avena. Beatrice tiene las manos apoyada sobre el libro cerrado, me observa con lágrimas en los ojos.

—¡Ella le dice que lo quiere y él no hace nada, no hace nada, Samuel!

—No te ves muy bien.

—Tú tampoco, ¿te fuiste de juerga ayer?

—No, no es eso —mentí, porque no pensaba dañar la imagen que Beatrice tenía de mí—. No he podido dormir bien, solo es eso—le expliqué dejándole la galleta cerca al libro.

—¿No?

—Sí, no sé qué es, debe ser la gripe o algo.

—¡Algo te preocupa! ¿Cierto?

—No, nada que ver.

—¡Vamos Samuel, no me mientas! Soy experta en adivinar cuando alguien está sobre-pensando algo.

—¿Qué sí?

—Sí, es como un superpoder.

—¿Algo como Guessing Girl?

—Solo podría decirte que si el profesor Xavier existiera, estaría aquí mismo pidiéndome que me una a ellos.

—Interesante —. Me detuve al ver que alguien me llamaba a dos mesas—. Debo seguir trabajando.

—Dime qué es, si no pediré el libro de reclamos por mala atención. Y no digas que no porque el cliente siempre tiene la razón.

Le sonrío levemente y sé que no puedo seguir mintiéndole porque mi madre dice que las mujeres tienen un sexto sentido y tal vez Beatrice lo tenga su radar con mayor alcance.

—Es la muerte de alguien.

Sé quedó boquiabierta, atónita, incapaz de retomar sus exigencias. No agregué nada más y me fui a atender la mesa de dos señoras quienes me llamaban con un brazo levantado sobre su cabeza. Sintiéndome un poco ligero tras la confesión. Pensando en que todo el mundos siempre decía que la vida continua, pero yo sentía que me estaba estancando.


—¿Didi? —respondí a su llamada en plena madrugada. Una llamada a esa hora de la noche nunca es una buena llamada.

—Buenas noches—. Y que la voz al otro lado de la línea sea de una persona totalmente diferente a la del nombre que aparece en la pantalla del celular es de peor augurio—. ¿Es usted el novio o amigo de la señorita Wendy Postigo?

Si tú día comienza así quiere decir que no será uno bueno. Si tu corazón se altera y se estrella una y otra vez contra tu pecho al verla, débil y triste sobre la silla de una sala de emergencia, solo significa una cosa, que mientes al decir que no te importa.
Wendy se puso de pie y saltó hacia mí, la abracé con tanta fuerza que creí que en cualquier momento escucharía el crack de algunas de sus costillas partiéndose. La separé después de un rato, cuando sentí que no era correcto abrazarla por tanto tiempo.

—¿Cómo estás?

—Mejor, no han querido dejarme ir sola.

—¿Tú mamá?

—En Baires, con Alberto.

—¿Y Juan José?

—Embarcó hace dos días. No tenía a nadie más. Lo siento .

—¿En qué estabas pensando?

—No lo sé. Mira Samuel, seré sincera, no quiero que me sermonees, estaba mal, no pensaba saltar, solo estaba tratando de pensar, disipar un poco mi mente. Algún paranoico debió haberlos llamado. Les dije que estaba bien pero ellos insistieron en traerme.

—¡Claro! Solo querías pensar sobre las barandas del puente con más porcentajes de suicidios en todo Lima.

—Pensé que podríamos ser amigos.

—¿Por qué haces esto? —Pregunté lleno de exasperación, porque me estaba rompiendo la cabeza tratando de entender a Wendy

—¿A qué te refieres? —Inquirió con arrugas en su frente.

Cerré los ojos por un momento. Inspiré un poco de aire porque el que yacía dentro de mí estaba cargado de cólera, y lo solté pausadamente, como si estuviese fumando. Intenté ordenar todas las preguntas que saltaban en mi cabeza. ¿Cómo hacía ella para que olvidarla sea tan difícil? Quise preguntarle, quería soltar las palabras pero mis labios no respondían. Se mantenían cerradas bajo la cripta de mis sentimientos. La tomé del brazo e hice ligera fuerza para que me siguiera. No quería decir nada porque temía que fuesen las palabras indicadas para amarrarla a mi vida por un poco más de tiempo.

Conocí a Wendy en el instituto donde estudiaba inglés dos años antes. Pero no fue hasta un año después de habernos cruzado que realmente hablamos. Era la fiesta de uno de mis amigos, nombre no disponible en este momento. Ella estaba sentada sobre uno de los escalones que daban hacia el patio trasero de la casa. Yo había ido hasta ahí porque necesitaba orinar. Después de beber tanto mi vejiga me obligaba a acudir al baño constantemente. Pero mientras la noche se va extinguiendo los baños se van llenando y la simple idea de entrar a uno me provocaba arcadas. Tenía la cabeza escondida entre sus rodillas. Me acerqué lentamente para asegurarme de que estuviera respirando.

—¡Oye! ¿Estás bien?

Tuve que morderme el labio inferior para no soltar una risa al ver su rostro. Tenía mucho cabello que le cubría gran parte de la cara y los ojos los tenía ligeramente adormilados.

—Te conozco —me dijo con mucha euforia e intentó ponerse de pie. Consiguiendo caerse sobre las gradas. Corrí hacia ella y la ayudé a ponerse de pie. Fue una tarea difícil, debido a su escasez de estabilidad, originado tal vez por todo el alcohol, que al juzgar por el olor de su aliento, había tomado. Llevaba un vestido rojo que le quedaba ajustado, formando una cintura espectacular. Pero mi vista se detuvo por un buen rato en su escote.

—¡Tú estabas en mis clases de inglés!

—¡Claro! —le respondí sin recordarla en un inicio, luego se acomodó el cabello y la reconocí al instante—. Eras la chica que respondía todo.

—Y TÚ ERES EL ERMIATAÑO CHURRO —gritó y luego se llevó las manos hacia la boca. Solo alcé un poco las cejas y me acerqué un poco más. Estaba muy ebrio y ligeramente excitado por lo que no espero que alguien me juzgue.

—Lo siento.

—Descuida, no todas las noches una chica tan hermosa te dice que eres churro.

—Bueno, realmente Miluska pensaba que eras churro y yo le decía que parecías un ermitaño. Siempre andabas solo, llegabas a la hora exacta y te sentabas en la parte trasera. Sonaba el timbre y salías disparado. No dabas opción a que la pobre se anime a decirte hola y mostrar un poco sus tetas. Se volvió a cubrir la boca con la mano por la confesión que acaba de soltar.

—Miluska me mataría si supiera lo que estoy diciendo. Disculpa, no tengo muchos filtros cuando estoy ebria.

—Está bien, es una chapa excelente, haré que todos mis amigos me llamen así. ¿Quieres bailar? Ahora que recuerdo toda esa escena, la siento lejana. Como si hubiesen pasado muchos años. Y si alguien en ese momento apareciese y me diría que en aproximadamente un año después estaría abrazándola en la parte trasera de un taxi camino a su casa desde el hospital, a donde los bomberos la habían llevado después de que intentara suicidarse, no le creería. Porque en ese momento solo la veía como un rico agarre del cual alardearía al día siguiente con mis amigos. Llevando todo al lado de la simplicidad la veía como un objeto de placer temporal. Por frío que suene el fuego de Wendy me estaba sofocando. Entonces me sentí aún más minúsculo y encerrado en una jaula, porque somos como pequeños prisioneros del tiempo, en un mundo inmenso donde no podemos ver más allá de nuestras narices. El futuro es nuestro pero no sabemos nada de él. No podemos escapar de él, salvo, tal vez, muriendo.

—Ya no lo hagas más —le pedí cuando bajamos del taxi. Estábamos en la puerta de su edificio. El cielo se iba aclarando y estábamos envueltos en una densa neblina.

—No quería matarme, ya te lo dije.

—Me refiero a llamarme. Si dices que ya no me quieres entonces déjame en paz.

No me dijo nada, intentó hacerlo pero no pudo. Dio media vuelta y se dirigió hacia la portería. Aquella mañana decidí cortar todo desde raíz, porque si dos objetos siguen unidos por mucho tiempo se vuelven uno, porque si ella moría sería como amputarse una parte del cuerpo.

Me pregunto qué hubiese pasado si es que aquella madrugada realmente hubiese tenido los huevos suficientes como para haberla abrazado y confesado que por alguna razón, sin explicación alguna, me cagaba de miedo de que ella me importara lo suficiente como para sufrir su pérdida. Y contarle el pánico que le tenía a la muerte, su muerte, y la forma como me venía acechando por semanas desde el deceso de alguien que no debería importarme en absoluto. Si le hubiese dicho que había alterado el orden de mis factores, de mi ser, de mi forma de ver la vida. Si hubiese comprendido bien que el amor se origina del dolor. Tal vez estaría de rodillas frente a ella pidiéndole que se case conmigo. Quizás, pero eso ya no lo sé, nadie lo sabe.

arnoldcamus
arnoldcamus
Fotógrafo y videografo. Amante de la lectura, escritura y sobre todo de la música.

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