El misterio de Victoria

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El mundo siempre ha sido ancho y ajeno, murmuro mientras detengo el audiolibro.

Lleno de mágicos sonidos capaces de ayudarme a construir mi propia realidad. Un mundo donde las sombras cobran vida con la ayuda del eco y el sonido tiene un poder increíble e imperceptible por aquellos que se embriagan de imágenes. Realmente es lo que siempre trata de decirme mi mamá y tengo la sensación que lo hace para hacerme sentir mejor por mi condición. Realmente no sé si sea necesario que haga eso tipo de cosas porque no me siento mal no viendo, de hecho, no sabría si es mejor o peor. Eso no quiere decir que no haya habido innumerables veces en las que he deseado abrir los ojos y tener la capacidad de sentir la luz rebotar sobre la superficie de un rostro en específico. El de Victoria.

—Me voy a suicidar —fue la primera oración que escuché en ese peculiar tono de voz, una voz femenina que parece sufrir de una eterna ronquera. Esa voz capaz de leer los poemas mucho mejor que los audiolibros y con más emoción que mi madre. Esa voz que no solo logra erizar los vellos de mi piel, sino que también me hace sentir un surco de electricidad subiendo y bajando por toda mi columna vertebral. La voz por la que dejaría el sentido del tacto

—No digas nada —me ordenó antes de que pudiera abrir la boca.

En primera instancia no estaba seguro si se dirigía a mí. Pero su respiración se escuchaba muy clara, definitivamente estaba justo frente a mí. Escuchaba sus pies golpear el suelo de impaciencia; sus manos, la mesa.

—No hagas nada, solo necesito que alguien me escuche, que alguien sepa que odio este lugar, está tan lejos de mis amigos. Odio este lugar. Mejor dicho, odio a mis padres por haberme obligado a venir. Pude haberme quedado con la abuela sin problemas. ¡Pero no! Mi mamá salió con el discursito sobre que la familia es primero. No digas nada —volvió a advertirme histéricamente y estaba seguro que me estaba apuntando con el dedo—. No quiero escuchar estupideces como todo va estar bien, tranquila, conocerás gente nueva. ¡Puedes ser quien quieras! ¿Ser quien quiera? Tenía una vida, ¿sabes? Ahora no me importa nada. No quiero que me digan que estoy equivocada, no soporto un minuto más en esa escuela pública llena de putas que por tener más carne aquí —estaba seguro que señalaba sus senos —, o aquí abajo —ahora su trasero—, pueden tratarme como si no valiera nada. ¡Ahora Ricardo está que se revuelca con Milagros! Te juro que lo primer o que haré cuando este muerta es castrarlo. Ese es mi carta de despedida, si quieres puedes escribirla o lo que quieras, dile a mis padres que ni se les ocurra incinerarme y encerrarme en ese departamento de mierda.

—¿Puedo hablar?

—¡Te dije que no quiero que me digan nada!

—Esa es tu boca hablando pero realmente estás gritando: ¡Alguien dígame algo!

—¿Te crees algún tipo de psiquiatra? ¿Y qué me dices de ti? Llevas puestos lentes de sol en pleno invierno y seguro estás gritando: ¡Miren lo hípster y cool que puedo llegar a ser!

—Yo creo que sería algo como: ¡Miren lo ciego y cool que puedo llegar a ser!

—Mierda —soltó alarmada y no pude mantener detrás de mis dientes una carcajada que no duró mucho y se extinguió en el momento que me percaté lo avergonzada que se debía sentir.

—Sí, mierda. Ten un poco de respeto por la vida y por ti misma. ¿Por qué vives a partir de lo que el resto dice o piensa de ti?

—No me conoces —soltó rápidamente a la defensiva.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Así de exagerada —dijo y luego hizo un sonido de desesperación, soltando un poco de aire entre los dientes.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Así de exasperante —acusó y se fue.

Estaba tan seguro que no se haría nada pero igual la seguí. Podía oír sus pasos, luego la campanilla de la puerta al abrirse y una vez más al cerrarse. Salí y desenfundé mi espada, solo que no era una espada en sí sino mi varilla para poder determinar las imperfecciones del suelo y los confines de la vereda.

—No me sigas —dijo dejando de caminar. Su respiración había ganado velocidad de manera impresionante.

—Solo quiero decirte algo: Eres una casualidad llena de intención.

En seguida pasó algo que no pensé que sucedería. Algo que siempre quise saber cómo se sentiría con otra persona que no fuera mi mamá, quien lo hace fugazmente y con amor maternal. Lo que ella hizo no tuvo nada de fugaz, mucho menos maternal. Cuando sentí sus húmedos y suaves labios sobre mi boca no hice más que abrir los míos y dejar que mis labios capten cada detalle del momento. Fue tan intenso que lamenté que no hubiese durado toda la vida. No sabría cómo comparar la textura de sus labios, era algo parecido como morder una uva, solo que mil veces mejor. Cuando menos quise que todo se detuviera me empujó suavemente para hacerme a un lado y no esperó que recuperara el aliento, ni que fuese capaz de hacer que mis neuronas se pongan a trabajar otra vez para poder elaborar alguna oración coherente. No esperó y desapareció entre el ruido de la media tarde. Dejándome un antes y después en mi vida.


Mi mamá dice que el sol es como la flor de la manzanilla: amarillo en el centro con rayos tan blancos rodeándolo que molestan la vista. Desde entonces solía subir a la azotea y tumbarme sobre un tapete para dejar que los rayos del sol caigan sobre mis ojos y así recordar que aún los tengo. Hoy no he ido a clases porque no me siento tranquilo, no después de lo que me dijo Victoria.

Su voz es un eco que retumba por mi cabeza dejando débil a cualquier otro sonido que hay a mí alrededor. Diciendo eso se puede entender la gravedad del asunto. Los sonidos son la esencia de mi supervivencia y el tacto mi vínculo con el mundo. Puedo escuchar cosas que otros pasan por alto como el agua que corre por las tuberías debajo del suelo o el viento golpear contra la ventana o el agitar de las aves que pasan por encima de mí. Todo está siempre y yo los escucho pero ahora no hay nada más que su voz en el ambiente. Su voz no tiene rostro.
—No ha sido mi intención lo del otro día. —Sabía que era ella por la manera apresurada de sus pies al acercarse acompañados de los agudos sonidos que sus tacos hacían al golpear el suelo. Como si fuese su manera de tocar la puerta anunciando su presencia. Además, la única persona que se acerca a mí durante el tiempo libre es Alejandro pero dos cosas hacían que descartara la idea: Él no usaba tacos y debía de estar toqueteándose con su novia detrás del patio de primaria.

—¿Llamarme ciego?

—No, lo otro.

—¿Hispter y supercool?

—¡Todos los ciegos usan gafas! Por lo que eso te desmerita lo hípster y supercool. Deberías imponer alguna nueva tendencia —se burló con una risotada que se escuchaba obstruida por, tal vez, su mano. Las personas ocultan sus sonrisas porque tienen vergüenza de sus dientes, me contaba mi madre y luego yo le dije que tal vez es porque tienen miedo de ser felices en voz alta.

—Puedes sentir cuando te están observando.

—¿Qué?

—Las personas se te quedan mirando y la sensación es incómoda. Tengo la mirada desviada, el ojo derecho es más claro que el otro. ¡No sabes las bromas que me hacían de pequeño! ¡Tadeo el niño mutante! Cuando empecé a usar lentes oscuros los niños creían que si me miraban mucho tiempo me sacaría las gafas y los exterminaría con mis rayos equis.

—Eso es muy cruel.

—¡Para nada! Los perseguía por el patio hasta que me llamaron la atención, desde entonces nadie se me acerca. Es mejor así, a veces las voces de las personas son un dolor de oído.

Se quedó en silencio, no exactamente sin hacer ningún ruido porque podía escuchar como ingresaba el aire por su boca y luego lo expulsaba de manera fuerte por la nariz. ¿Podría estar nerviosa por algo? ¿Por qué lo estaría? Cuando era yo el que se concentraba de manera sobrenatural en no salir huyendo de ahí. La humedad en mis manos comenzó a aumentar.

—¿Por qué te compartas así? Te tomas todo a la ligera.

—¿Sabes cuánto tiempo vive un insecto?

—¡Qué asco! ¿Qué tiene que ver eso con lo que te pregunté? ¡Es muy, muy, muy asqueroso!

—Claro, esa es la reacción de todos. Pero no es culpa del insecto lucir así, en realidad los insectos tienen muchas funciones de las cuales depende la estabilidad de nuestro ecosistema. Viven poco tiempo porque las matan. Actúan por instinto y nunca saben cuándo serán aplastadas por el próximo zapato.

—No entiendo nada.

—No te ahogues en un vaso de agua, la vida puede acabarse con la siguiente suela de zapato que quiera aplastarnos.

—Debes pensar que soy chica estúpida llena de problemas tontos.

—Realmente pienso que eres una chica con dulces labios.

Su boca emitía unos sonidos cortos y rápidos. Sonidos que no llegaban a tener la suficiente fuerza para convertirse en palabras. Había sido sincero, siempre lo soy. A veces más de lo que me gustaría. Y usualmente no solía sudar así cuando lo soy. Esa vez ser sincero era un poco más difícil, ¿por qué? Me puse de pie, con espada en mano comencé mi camino de regreso al salón donde me una esquina me esperaba una silla y una máquina para escribir en braille.

—Sí lo soy.

Me detengo en seco porque pensé que no diría nada, y mi corazón se anima como un maníaco cuando mi mente repite la sensación de esos labios torturando los míos con una maldad involuntaria de su parte.

—¿Qué cosa?

—Una chica estúpida con problemas tontos. No sé qué pasa por mi cabeza. Me siento bien cuando la gente habla de mí, cuando quieren ser como yo, cuando soy el centro de atención y eso es algo que aquí no pasa. Te seré sincera. Antes de venir, a pesar que me quejaba todo el tiempo por no venir, por dentro me moría de ganas de llegar y ser como, en esas películas, la chica nueva de quienes todos hablan y a partir de quien surgen historias interesantes. ¡Pero no! Nada de eso ha pasado y eso me frustra más. Y el peor eras tú, pasaba todos los días a comprar algo en la tienda, tú siempre estabas sentado ahí y ni girabas tu cabeza al verme cuando entraba ni por un segundo…. entonces me sentí mucho peor. Me sentía un extraterrestre y luego me enteré que el estúpido de mi ex se estaba revolcando con mi mejor amiga y pensé en suicidarme. En serio lo hice, no estoy bromeando. Creo que no hay razones estúpidas para quitarse la vida, sino personas lo suficientemente estúpidas para hacerlo. ¡Así de estúpida soy! Una chica que se apunta con una pistola en vez de usar un casco.

Me perdí entre sus palabras. Habló tan rápido y mezcló tantas palabras que tuve hacer mucho esfuerzo para entenderla. Era como si Victoria en ese momento fuera un garabato escrito por algún doctor, esperando encontrar al enfermero indicado que pueda decirle lo que realmente significaba. Eso era Victoria un garabato. Un significante sin un significado. Eso fue lo que intentó decirme, o eso creo. Inmediatamente escuché como comenzó a correr en una dirección contraria y no estoy muy seguro si estaba llorando porque no pude identificar muy bien entre el quejido y el sonido del taco sobre mis tímpanos.


Mi papá insistió tanto que lo acompañase que no tuve forma de decirle que no. Habían pasado varias semanas desde la última vez que escuché la voz de Victoria. Y en mente solo eran un par de labios suaves que luego eran autocompletados por las formas que tengo ya grabadas en mi cabeza. Las mujeres suelen ser bajas y escuché una vez que era para que los hombres puedan abrazarlas y poder oler el olor de su cabello. Los olores estimulan de manera muy fuerte mi cerebro, mi mamá dice que puedo reemplazar colores con olores. El rojo según ella es el olor del fuego, mi papá insiste que el rojo es el olor de las manzanas. A veces cuando escucho que alguien hablar del rojo imagino una manzana que quema. Me han preguntado varias veces, aunque suene poco creíble cuál es mi color favorito y yo les digo el blanco porque según mi mamá huelen a crema pastelera. ¡Y me encanta la crema pastelera!

Mi papá es pintor, no de la clase de artistas incomprendidos que la gente insulta porque se defienden en tecnicismos post-modernistas. Mi papá es un pintor clásico. Pinta casas, rejas, muebles y todo lo que pueda retener la pintura sobre su superficie. Siempre le pregunto que olores tienen para él cada color, ya que él ha visto muchos colores en su vida, pero siempre me responde: “No lo sé Tadeo, todo huele a plástico.” El plástico es suave y según mi mamá es el olor de lo transparente. Aquella superficie que la luz atraviesa y no rebota sobre ella. Me pregunté cómo era posible eso, pero nunca tendré una respuesta clara. Mi mamá dice que una persona transparente es una persona que no miente y no tiene nada que ocultar. Pero entonces creo que se equivoca porque estoy seguro que no puede existir alguien así. Alguien que no se guarda nada para sí mismo dentro de los confines de su cerebro. Yo creo que una persona puede ser transparente pero un transparente con diferentes niveles de polarización. Dejando ver solo ciertas cosas con facilidad y otras requieren de más esfuerzo para ser vistas. En ese momento Victoria para mí era un plástico con una polarización extrema.

—¿Por qué has querido que venga?

—Ehm —mi papá comenzó a mentir—. Necesito tu ayuda.

Cada vez que mi papá comienza una oración con: “ehm” o “esto…es” o “lo que pasa es que…bueno…”, le sigue una mentira.

—¿No sabes qué colores combinar? —intenté bromear, pero mi padre no es una persona que capte las bromas de manera fácil.

—Me ayudarás con las lijas —respondió con seriedad y no insistí en que me dijera la verdad.

—¿Conoces a los Castillo?

—¿El señor que reparte la leche? Pensé que vivía solo. La señora Gloria está teniendo información poco confiable a la tienda —volví a intentar bromear pero mi padre era un palo duro de roer.

—No, los que se mudaron a mitad de año, cerca al parque.

—¿Tienen una hija?

—¡Sí! Ellos. El señor Diego es muy buena persona. Una persona que siempre anda de traje. Está trabajando en la central de trenes, me ha dicho que puede conseguirme trabajo para pintar las nuevas líneas.

—¡Es una buena noticia, pa!

—Por eso quiero pintar bien esa habitación, ya sabes para que tenga buena referencia.

—¿De qué color lo pintarás?

—Es un verde oscuro… es el olor del pasto recién podado, tal vez. Bueno para mí, ya sabes.

—Ese es un olor muy fuerte, no me gusta.

—Él mismo eligió el color.

Mi papá me guiaba a través de la calles con su mano apoyada en mi antebrazo. Sus manos son callosas y me dan cosquillas. Conozco muy bien las calles como para necesitar su ayuda pero era una forma en la que expresábamos que nos queríamos a pesar que no decíamos las palabras hace mucho tiempo.

—¿Conoces a su hija? —pregunté.

—Si, la señorita Victoria. ¿Estudia contigo, no?

—No está en mi clase.

—Una muchacha un poco extraña.

—¿Por qué lo dices? —pregunté rápidamente con cierta molestia en mi voz. Como si creyera que mi papá no tenía derecho a dirigirse de esa manera hacia ella.

—Tiene parte del cabello pintado de celeste, como el olor de…

—¡No! —grité. No quería que mi papá me dijera el olor del cabello de Victoria porque se suponía que era yo quien debía averiguarlo cuando la abrace…

—¿Estás bien? —Mi papá se detuvo y me sostuvo con ambas manos.

—Solo fue un estirón, nada grave.

—¿Quieres volver?

—No, no. Estaré bien descuida, sigamos.


Me han preguntado cómo se siente ser ciego y siempre respondo que no sé cómo no serlo. Para poder obtener una respuesta clara sobre eso tendría que saber cómo es no serlo. ¿He deseado muchas noches poder ver? Sí. ¿He pensado en dar alguna parte de mi cuerpo por la vista? Sí. ¿He pensado que soy error de la genética? Sí.

Muchas cosas han pasado por mi cabeza y lo siguen haciendo ahora. Todas desfilan en orden, alterando mis sentidos de maneras únicas. La gente normal no escucha el sonido de los corazones pero yo puedo hacerlo. Si me concentro lo necesario, en un lugar con poca bulla, claro está. Podía escuchar ese músculo bombardear sangre de manera rápida. Eso significaba adrenalina o miedo. Estaba seguro que no era lo primero. Porque yo también podía sentir el miedo creando una sensación hueca dentro de mi pecho. Agrandando mi manzana de adán tanto que a la justas podía pasar saliva a través de la garganta. ¿Qué es lo que siente una mujer cuando tiene miedo? Fue lo que intentaba resolver dentro de mi cabeza. Hice una nota mental para poder buscar libros sobre el tema después.

—No deberías estar aquí.

—Lo sé —cortó al instante como para evitar que le continuara reprochando.

—¿Entonces qué haces aquí?

—No lo sé. —Otra vez era la misma respuesta, la misma actitud.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté algo asustado.

—No mucho, lo suficiente como para escucharte llamarme.

Una ola de calor inundó mi rostro y se propagó hasta las orejas. Había soñado con ella.

Con su rostro sin detalles.

—No tienes que avergonzarte, ha sido muy lindo de tu parte.

—¿Cómo entras? —pregunté intentado evadir el tema.

Escuché sus piernas moverse, se estaba acercando. Toqué mi entrepierna y me maldije por el estado de mi cuerpo en ese preciso momento. Me aseguré que la manta cubriese todo mi cuerpo. Ella se detuvo y sentí luego como el colchón se comenzó a hundir bajo su peso. No protesté y solo le di campo para que se recostase a mi lado. Su rostro estaba muy cerca al mío, lo sé porque siento su respiración chocar contra mi nariz. Hace un poco de ruido al aspirar el aire por la nariz.

—Hay un árbol muy grueso que crece a lado de tu ventana, cada vez que trepo busco por las cámaras, es como si fuera una película.

—¿Qué hora es?

—Como las tres de la mañana.

Y entonces nos quedamos así: sin hablar. Imposible decir, una vez más, que en silencio porque nuestros corazones habían entrado en una competencia de quien hace más ruido. Quería preguntarle muchas cosas pero tenía miedo de arruinar el momento. El silencio es un espacio alterno donde nos refugiamos porque las palabras dañan. Las palabras hacen mucho pero poco hacen sin el silencio. El silencio estimula nuestras emociones, les da un respiro para poder asimilarlas.

—Mi mamá perdió al bebé.

—Lamento oír eso.

—Era de esperarse, por su edad. Estaba muy emocionada con la idea…

—La vida es más especial cuando te das cuenta que eres capaz de generarla.

—Necesito ese libro de frases cursis de donde sacas tanta basura.

—Está en braille —bromeé.

Inconscientemente intento acomodar mis lentes de sol que no yacen sobre mi tabique… porque estaba durmiendo. Me cubro los ojos por un segundo para luego sentir su fría y húmeda mano sobre la mía.

—No tienes porqué cubrirlos conmigo.

—Lo siento —murmuré casi sin aliento y juro que pude sentir como dejaba de respirar por un segundo cuando bajó mi mano y entrelazó nuestros dedos.  Eran suaves y cortos, era como acariciar la seda. Entonces sentí la humedad de sus labios sobre la punta de mi nariz. Podía sentir el calor que nos rodeaba y hacía que empezara a sudar. Después dio un ligero beso en mi frente y creí desfallecer cuando le siguió otro beso en la mejilla para luego ir hacia mis labios que la recibieron tensos.

—¿Por qué haces esto?

—¿Por qué lo tienes que arruinar?

—Te sientes sola, ¿cierto? Por eso estás aquí.

Victoria no dijo nada pero se aseguró de golpearme lo más que pudo mientras se ponía de pie. Luego escuché sus pasos, cada uno como un golpeteo en el estómago y luego se extinguió cuando la escuché deslizarse por la ventana. No la detuve porque no quería entrar en un juego donde sabía que iba a perder, supervivencia le dicen.


El cuchilleo desapareció cuando se percataron de mi presencia. Eso siempre es señal de algo malo. De un secreto. Las personas ocultan cosas por dos propósitos: Defenderse o defender a alguien más. Mi mamá dice que las mentiras quiebran la confianza, la cual es tan delicada como un vidrio; porque a pesar que vuelvas a unir las piezas siempre estará resquebrajado. Puedo escuchar un constante sonido nasal que indica que alguien está llorando o lo ha estado.

—¿Mamá?

—Tadeo, no te escuchamos entrar, lo siento. Pondré algo al horno ahora mismo para poder cenar —dijo rápidamente, tratando de hacer sonar su voz como si nada hubiera pasado.

—¿Papá?

—Vuelvo en media hora.

Huyó de la habitación con velocidad. Suspiré y me dirigí a mi habitación. Unos diez paso de frente luego unos quince a la izquierda, quince escalones, luego unos cinco pasos de frente y doblar a la derecha.

—¿Puedes caminar más lento?

—¿Puedes dejar de entrar de esa manera en mi habitación?

—Si no me quisieras aquí le hubieses puesto seguro hace buen rato.

No tuve un argumento para lanzarle, tenía tanta razón.

—No eres el único capaz de lanzar cosas obvias en la cara.

—Veo que te estás volviéndote toda una experta, me siento bien. ¿El alumno superó al maestro?

—Tienes razón sobre la noche pasada. Me sentía triste y sola y no tenía con quien hablar.

— Sabes que para conseguir que te escuche no es necesario que me beses, ¿no?

—Lo siento, pensé que era el precio que debía pagar por un poco de atención —bromeó y luego escuché que alguien subía las escaleras, ella también lo escuchó por lo que soltó en voz baja una lisura.

—¡Debajo de la cama! —le ordené.

La escuché lanzarse al suelo y arrastrar su cuerpo. Rápidamente me saqué la camisa esperando que ella no viera nada, y me coloqué encima una polera que colgaba siempre detrás de la puerta derecha del armario. Fue lo más rápido que había actuado en mi vida.

—¿Con quién hablabas, mi vida? —La voz de mi mamá sonaba mejor, invadida de curiosidad. Mi mente estaba actuando en un estado de lentitud extrema.

—Conmigo…

—Pensé que Alejandro estaba aquí contigo —¡Alejandro! ¿por qué no pensé en él?

—No, estoy solo —señalé tratando de sonar lo más natural posible pero la presencia de Victoria no dejaba tranquilo.

—Puedes tener habilidades escuchando cosas que una persona promedio no, pero eres pésimo mintiendo. Dile a Victoria que puede quedarse a cenar, haré tarta de acelga.

Mi boca se abría y cerraba una y otra vez porque no podía más que reproducir quejidos indescifrables de excusas que morían antes de materializarse ya que no eran lo suficientemente convincentes.

—Me gusta mucho la tarta de acelga —comentó Victoria saliendo debajo de la cama y acercándose a mí, sentía el calor de su cuerpo chocando el mío—. Pero más me gusta este cuerpo escultural que tienes. —Colocó sus manos sobre mi pecho y comenzó a reírse. La empujé con suavidad cuando lo que realmente quería hacer era abrazarla con agresividad.

—¿Dónde vivían antes?

—En Lima, muy cerca del cono sur.

—¿Mucho movimiento, no?

—Definitivamente, siento que estoy en otro mundo donde las horas se empujan unas a otras para avanzar. Allá todo es más acelerado.

—Yo soy del cono norte, por San Martín. Crecí ahí hasta que nos mudamos al centro. Ahí conocí a Carlos. Nos enamoramos y poco después nació Tadeo. Desde entonces vivimos aquí porque es más fácil.

—¿Más fácil? —preguntó con cierta inocencia Victoria.

—Con fácil se refiere a que por mi falta de visibilidad sería imposible sobrevivir en la cuidad. A lo cual protesto porque soy muy hábil ubicándome en lugares nuevos, lleva un par de golpes pero el dolor es perfecto para no caer dos veces.

—¿Siempre dice cosas así? —preguntó con ligera indignación Victoria.

—Todo el tiempo.

—¡No pueden aliarse de esa manera contra mí! Dos mujeres contra un superdotado no es justo para ustedes.

—Tadeo dice que es superdotado porque puede escuchar cosas que las personas normales no.

—¿Es como un súper poder? —Victoria preguntó con la boca aún llena.

—Pronto harán una película sobre mí.

   —¿Has ido alguna vez al cine?

Mi mamá dejó los cubiertos en la mesa y estaba seguro que nos estaba observando como si fuésemos parte de alguna mala programación de televisión.

—Nunca.

—¡Tenemos que ir!

—No creo que sea una buena idea —dije con un poco de incomodidad.

—¡Aún es temprano! ¿Puedo secuestrarlo? Juro que lo traeré hasta la puerta de su casa.

—Es tu decisión.

El sonido es muy doloroso, tanto que tuve que improvisar tapones de papel higénico que filtren la bulla. Por eso Victoria tenía su boca pegada a mi oreja. La película se llama “Sin Retorno” y es espectacularmente bulliciosa. Hasta ese momento había más sonidos de explosiones que diálogos.

—Simon está persiguiendo al secuestrador. Hay mucho movimiento de cámara. ¡Ay no ay no!

—¿Qué pasó?

—Un francotirador está apuntando a Simon, lo van a matar.

—¡Imposible! Aún falta media hora de película y si se muere Simon no tendría sentido.

—¡Cállate! Tienes prohibido hablarle a la narradora.

—Simon ha disparado, no, no, le están disparando ahora a él. Por un pelo ¡Casi le roza la cabeza!

—¡Pero si es pelado!

—¡Es una expresión!

—¡Guarda silencio o nos botaran!

—¡Tú cállate!

—¡No, tú cállate!

—Mierda seguridad se acerca, nos echarán.

Entonces la besé, llevé mi mano a su mejilla y la besé para que no nos botaran. Ella no se resistió y dejó que mis labios inspeccionen los suyos. Escuché los pasos del seguridad, luego el calor de su linterna sobre nosotros y después lo escuché irse. Cuando me separé de ella sentía un vacío. Sentía que no podía más ignorar la forma de su rostro. Pasé los dedos de mi mano primero por su frente. El espacio entre sus cejas es corto, son pobladas y casi se unen sobre la nariz. Su nariz es una curva perfecta. Su mejilla es un pequeño bulto que se hunde en dirección de su boca. Su rostro termina en punta. Su piel es suave, muy suave y fría.

—Pensé que nunca lo harías.

—Eres hermosa —le digo porque mi mamá dice que una persona es considerada hermosa cuando uno no se cansa de verla. Yo no me cansaría de pasar mis dedos sobre su rostro una y otra vez.

arnoldcamus
arnoldcamus
Fotógrafo y videografo. Amante de la lectura, escritura y sobre todo de la música.

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