02/06/2016
Show all

Hasta que la muerte nos separe, es una promesa muy arriesgada. Son una de esas decisiones donde no has creado los suficientes escenarios para responder el pero-que-pasaría-si necesarios para darte cuenta que prometer algo así es la razón principal por la cual ser abogado resulta muy rentable en el siglo veintiuno.

Solo esperas una separación pacífica, que firme todos los papeles y tal vez salir a celebrar con un par de cervezas y esperar que tus amigos te secunden en tus hipótesis de porqué todo se fue al carajo. Eran muy jóvenes, ella nunca te quiso, solo quería tu dinero, esa maldita perra nunca me dio buena espina. Después de eso tal vez conocerías a alguna chica, un poco más joven afortunadamente, y te la llevarías de vuelta al departamento que dejaste al casarte y recordarías lo bueno que era el sexo. Algo así sería muy fácil, muy bien armado y orquestado. Algo que claramente no forma parte de un comportamiento normal en el planeta tierra. No tal vez en el lado que ocupo. En mi lado de la tierra, ella y yo estamos sumergidos en un silencio incómodo, frente a frente, sentados en un café en una calle muy transitada de Barranco.

Era la primera vez que nos veíamos desde que me fui, desde que me echó, desde que no decidí volver, desde que insistir resultaba estúpido y muy masoquista, desde que salí a la superficie y respiré de manera tan brusca que el aire de la realidad me dejó adolorido. Cómo ha cambiado desde que la conocí.

¡Oh cómo hemos cambiado!

Mirar hacia el pasado no hace más que causarme vértigo y reducir mi apetito. Razón por la que había perdido varios kilos en los últimos tres meses.
Conocí a Marlene cuando tenía veinticinco y entré a dirigir el área contable de una pequeña empresa que fabricaba piezas para maquinarias de extracción de petróleo. En un inicio se suponía que sería algo temporal, pero se fue de mis manos, principalmente por el dinero. De un momento a otro la fábrica del amigo de mi padre, razón por la que había conseguido el puesto, empezó su apogeo de manera exorbitante. Al parecer otras fábricas más grandes no eran capaces de crear pequeñas tuercas fundamentales para el funcionamiento de sus monstruosas máquinas. Al igual que el sueldo, el trabajo se triplicó. Embriagado de poder y cansado de tener que quedarme hasta muy tarde los fines de mes exigí, con amenazas a renuncia y todo, un asistente. Cabe resaltar el hecho de que escribí un asistente y no una asistente. Pero mi lado lujurioso me hizo contratarla. Henos aquí cuatro años después.

¡Cuánto odio a esa mujer! Ella y su fijación a hacerme la vida imposible.

—No prolonguemos esto más y dime que es lo quieres para firmar los papeles ­­­­­­—exijo con premura.

Lo que quiera se lo daré. No me importa si quiere quedarse con la casa, o el carro, o con el dinero que tenemos en la cuenta mancomunada. Hay fianzas mucho más altas que han sido pagadas por la libertad en la historia.

—¿Qué harías con tal que firme? —me chantajea, no lo puedo creer. ¿Cómo es capaz de decírmelo sin vergüenza ni remordimiento alguno?

—¿Me estás chantajeando?

—Solo responde Alex, dime si harías cualquier cosa.

— Lo que sea.

— Júramelo.

—¿Qué tienes? Ya te dije que haría cualquier cosa.

—Júramelo maldita sea —grita y algunas personas nos miran de reojo.

—Cálmate —le pido con los dientes juntos, tratando de forzar una sonrisa que camufle la situación.

No recuerdo exactamente en qué momento me di cuenta que odiaba darle la razón.

En un momento muy trágico de nuestras vidas, cuando se podía hablar en plural, le agarré repulsión a complacerla y entonces nuestra relación se basaba en darle la contra cada vez que podía. No orines fuera de la taza, no camines con las medas puestas, hagamos el amor con la luz apagada, no bebas tanta azúcar, etc. Entonces el plural ya no se sentía bien, era algo extraño pronunciarlo, materializarlo era como mentirse a uno mismo, como si dios estuviera observando desde alguna ventana y juzgándome y diciendo algo como: si sigues usándolo te irás al infierno. De repente ya no éramos un ella y yo: un nosotros, sino un ella luego yo. Como una fila de personas en un banco. Evitando conversación alguna o algún movimiento sospechoso que pueda dar entender que estamos por robar la bóveda. Dos almas en un mismo espacio que se repelen, que quieren explotar y que la fuerzas los expulse lejos, muy lejos el uno del otro.
­

—Está bien, sabía que no debía haber venido, contigo nunca se puede…

—Lo juro —le aseguré con calma y resignación.

—¿En serio?

—Sí Marlene, en serio. Ahora dime qué es lo que quieres. ¿La casa? ¿El carro?

—Quiero que desaparezcas de nuestras vidas.

Eso era, estaba con alguien más, seguro era su amigo Martín quien desde hace un año no deja de invitarla a cenar con la vieja excusa de ponerse al día y recordar cuando eran novios en el instituto. Tal vez beberían un poco y se pondrían melancólicos. Entonces follarían para recordar el pasado, al fin y al cabo ya lo habían hecho antes. No había de que avergonzarse. Es como cuando se te expira la licencia de conducir y tienes que hacer el mismo examen otra vez, la única diferencia es que no es como la primera vez donde los nervios eran dueños de nuestras acciones, ahora serían todos unos expertos y tenían lo oportunidad de alardear las nuevas técnicas que han aprendido desde entonces. ¿Qué diferencia había con hacerlo una vez más? O tal vez dos mientras yo iba al dentista, o tres cuando salía a jugar tenis, o cuatro cuando iba a la tumba de mi madre a dejar flores baratas. Al fin y al cabo nuestros matrimonio ya no tenía sentido. Eres un pendejo Martín, y te felicito suerte con esta loca.

—¿Estás saliendo con alguien?

—No… —hace una pausa. Cierra los ojos, presiona sus labios y respira profundamente—. Estoy embarazada, lo voy a tener pero no me lo voy a quedar. No quiero nada que me recuerde a ti.

—Envíame los papeles, los firmaré y te los haré llegar. Solo olvídate que existo, por favor. Déjame ir.


Cuando una mujer te pide que la dejes ir, hazlo. No lo pienses dos veces, no insistas, no ruegues, no la sigas para pedirle explicaciones, no intentes hacerla entrar en razón. No esperes que contrate a alguien que te muela a golpes y te deje tirado en callejón en una avenida poco transitada. Sin dinero, sin ganas de seguir viviendo, sin esperanzas y sin ningún centavo para llamar a alguien por ayuda. Eso si tuviera las fuerzas suficientes como para ponerme de pie e ir hacia un teléfono público. Eso si tuviera alguien a quien llamar. Intento ponerme de pie pero el dolor en la espalda es agudo como si tuviera algún disco roto, o tal vez varios.

Hago gestos con el rostro en el inútil intento de hacer más digerible el malestar. Era como si estuviese siendo acuchillado una y otra vez. Intento ejercer más fuerza en mis manos para impulsarme no obstante la muñeca derecha parece estar fuera de su lugar. Ninguna de mis piernas parece responder. Me concentro y me repito incontables veces: “ponte de pie, ponte de pie, ponte de pie”, pero lo único que consigo es empezar a perder la conciencia, todo va perdiendo color y en el fondo de todo escucho como un pitido, como si mis neuronas hubiesen comenzado a hervir. Justo cuando siento que no puedo mantener los ojos abiertos me imagino a mi hijo diciéndole papá a un completo extraño. Trato de aferrarme a esa idea que me llena de ira para poder mantenerme despierto. Esto lo saco de todas las series y películas que he visto. Si tienes algún golpe en la cabeza lo último que tienes que hacer es dejar que ese alguien se duerma. Al parecer no funciona si uno mismo trata de mantenerse despierto a sí mismo. Me veo a mí observando descontroladamente los rostros de cada niño con quien me cruzo, asustado y nervioso de que me mire a los ojos y comience a huir… yo no lo puedo seguir, no en este estado.


Éramos dos hermanos. Martín y Alejandro. Ambos compartíamos el mismo primer nombre. Juan Martín y Juan Alejandro. Con la intención de hacer justa la selección de nombre mis padres decidieron escoger un nombre cada uno. Mi papá, deseoso de poblar el mundo con el nombre más común que pudiese existir o tal vez con la intención de vengarse por haber sido llamado así, nos puso Juan. Aunque mientras fui creciendo agregué la teoría que todo se debía a su falta de creatividad y el hecho de que no le importábamos ni un carajo.

Por otra parte mi mamá utilizó el nombre de su papá para nombrar a mi hermano menor y a mí el nombre de su mejor amigo que murió de un aneurisma.

Desde que me enteré de la historia ha habido momentos en los cuales miraba fijamente a la nada con la curiosidad de que en cualquier segundo me desplome sobre el suelo, inerte y sin la capacidad de respirar. Debe ser una muerte rápida e indolora, como si Dios te desenchufara de casualidad. Lo siento hijo, no fue mi intención pero que le vamos a hacer. Alejandro Zúñiga murió a la mitad de una oración, le estaba diciendo a su esposa que tal vez si era buena idea ir al médico para que le revisarán ese dolor de cabeza que lo estaba agobiando. Murió. Así de la nada.

—Amor, creo que si es buena idea ir a ver…—nunca terminó la oración.
Su cuerpo cayó sobre el lavado de manos. Se golpeó la mandíbula y su cabeza dio contra la esquina de la bañera, rasgando su piel y rompiendo su cráneo. Ergo: comenzó a sangrar.

Cuando abro los ojos pienso que estoy en el cielo y pregunto por qué. No he sido una buena  persona, pienso. No voy a misa desde que vivía con mi mamá. Sin contar la de mi matrimonio y la vez que Marlene y yo fuimos padrinos de su sobrina. Tampoco participaba en ninguna organización sin fines de lucro o agrupación que gaste su tiempo ayudando a los más necesitados. Todo lo contrario, he trabajado para empresas que lo único que quieren es lucrar, y mientras más lo hagas eres el mejor. Sin duda esto se debe llamar suerte.
Pienso que tal vez mi madre pudo haber intervenido por mí antes Dios. Es altamente probable que haya hablado de mí como la mejor persona del mundo y lo haya chantajeado para que me acepte.

“Ya verás diosito, es un buen hombre, amable, comprensivo y muy atento”.

Cuando recupero la audición es cuando entiendo dónde estoy. El monitor cardiaco suena constantemente y a lo lejos se puede oír el sonido de enfermeras hablando y carritos de comida o instrumentos moviéndose de un lado al otro. ¿Qué tanta suerte puede tener un desgraciado como yo para no quedar muerto en un callejón tras ser golpeado sin piedad por hombres que contrató su exesposa quien quiere entregar a completos desconocidos su primogénito? Bastante.

Trato de acomodarme porque empiezo a sentir el dolor en la espalda. Sin querer me golpeo mi mano derecha, emito un quejido. El dolor ha disminuido considerablemente pero no lo suficiente para mover mi cuerpo con autonomía.

—Yo que tú no me movería.

Pego un grito por el susto y entonces aparece mi papá en la esquina de la habitación. Digo aparece porque no lo había visto antes, no porque fuese un fantasma. Aunque analizando su aspecto parecía uno.

— ¿Qué haces acá? —pregunto lleno de mucha curiosidad.
No he visto a mi padre hace aproximadamente dos años. Dos años y tres meses el día de mi matrimonio. Llegó tarde, ebrio, insultó a mi novia, lo golpeé y se fue. Ninguna carta, ni llamada, ni mensajes a través de terceros. Ni el más mínimo esfuerzo de saber de mi existencia, ni yo de la suya. Cuando creces con alguien que no hace nada más que decirte las cosas en las que eres malo no puedes evitar conseguir eso. Y por “eso” me refiero a que tu hijo no quiera verte ni en pintura.

— ¿Qué haces tú aquí? Este es mi hospital.

¿Esto era plan de Marlene? ¿Tal vez buscaba que reflexionara en lo mal padre que sería? ¿Acaso piensa ella que acabaría siendo igual que mi propio padre? ¿Dejarle en claro a mi hijo que la única razón por la que está respirando es por las copas de más que bebí una noche y olvidé colocarme un condón? ¿Golpearlo para que entienda lo que es correcto y lo que no lo es? ¿Enloquecer a su madre al punto de que se suicidara con una sobredosis de relajantes musculares?

— ¿Pueden trasladarme a otro? ¡Tengo un seguro en una clínica! —Comienzo a balbucear, tratando de encontrar la forma de no permanecer en esta cuarto más tiempo—. ¡Enfermera! —Grito apretando el botón del control remoto que tenía cerca de mi mano—. ¡ENFERMERAA!

—Tranquilo Juan Alejandro, no te voy a matar —aclara serenamente el viejo en bata —, juramento hipocrático, recuérdalo.

Algo obstruye el paso de aire por mi pecho. Es como si mi garganta se hubiese acordado de esas amenazas que lanzó hace varios años. Si mi hijo es marica de un puñetazo le romperé la cara, no me importa irme preso. Tal vez recuerda cómo se irritó después de que llorara por más de tres horas debajo de las sábanas de mi cuarto. Si gritas nadie te va oír, nadie te puede oír.

—No te muevas mucho que tienes contusiones que necesitan sanar, ¿con quién te has estado peleando?

— ¡Vete a la mierda!

Su expresión cambia en segundos, las marcas en su rostro se vuelven más firmes, el ceño se frunce y entonces siento miedo. ¡Ahí estamos casi veinticinco años después! Solo que ahora si tengo el valor de decirle que se vaya a la mierda. El problema que no es el suficiente para seguir hablando.

—Juanma me advirtió que algo así pasaría —cerró los ojos y respiró profundamente. Cuando abrió los ojos nuevamente su expresión se había difuminado—. No te mentiré que cuando le dije que exageraba, sentí que el que exageraba era yo. Me dijo que te estás divorciando. ¿Acaso tu esposa tiene algo que ver en esto?

No digo nada porque no sé realmente que decirle. Estoy en silencio y con la mente tan desordenada que me provoca nauseas. Es como si mis pensamientos estuvieran en una montaña rusa. La más alta de todo el mundo.

—Por la cara que tienes, parece que sí. Lamentable que un hijo mío no sepa cómo controlar a su mujer. Te lo dije Juan Alejandro, esa mujer es una oportunista. ¡Pero no! Preferiste golpearme, romperme un maldito diente y echarme como basura. No hay rencor, por cierto.

Entonces hace una mueca macabra, esa media sonrisa capaz de hacerme temblar.

—Te preguntarás como es que sé sobre tu divorcio. No es mi intención entrometerme en tu vida pero tu hermano no tiene una manera más astuta de llenar los silencios que se generan cada vez que me llama. Me pide que hable contigo, le digo que es perder el tiempo. Él insiste, él quiere que nos juntemos un día, por tu madre. Él es un hombre muy noble, una debilidad que le causa problemas. Solo espero que puedas ayudarlo.

—Vete —le pido furioso. Daría cualquier extremidad para que desapareciese—. Vete, por favor.

—No te voy a dejar ir Juan Alejandro, un traslado es innecesario. Ya he revisado las placas, no tienes ningún hueso roto, ni contusiones internas. Todo es muscular. Pasarás la noche aquí, enviaré a la enfermera para que te inyecte y luego te frote las zonas donde sientes dolor. Está prohibido tirarte a las enfermeras, pero si quieres hacerlo puedo encubrirte.

Guarda silencio esperando que reaccione. No hago nada, solo lo miro y no puedo sentir más que decepción conmigo mismo, no puedo sentir más que dolor y miedo de saber que el papá de mi hijo fuera a ser alguien parecido.

—Ahora vuélvete a dormir, tengo que entrar a sala. Le voy aumentar las tetas a la esposa del alcalde.

Se despidió de mí con una mano en aire, giró sobre sí y empezó a irse.

—Nos vemos pronto, tal vez para el cumpleaños de Juanma o mi funeral.

Quiero matarlo, quiero que muera para escupir sobre su cuerpo inerte. Hago un esfuerzo e ignoro el dolor que siento al levantar el control y lanzárselo. Muy tarde. Choca contra la puerta de melanina, cae y se hace pedazos. Te odio Marlene.


Siempre está acompañada. Por las mañanas siempre es su padre. Él la lleva a la posta médica para los chequeos, a las clases de relajación y a sacar el perro por el parque a dos cuadras de su casa. Su padre es un militar retirado, que cojea al andar. Recibió una bala en la pierna izquierda en un atentado terrorista cuando trabajaba en Ayacucho. En las tardes suele ser su hermana menor o su madre. Van al mercado, a la lavandería, a la peluquería una vez a la semana. En las noches no sale más que para sacar la basura junto a su sobrina. Por la forma que tiene su vientre y la información en internet parece que será hombre. He estado pensando en qué nombre ponerle pero no se me ocurre nada concreto, aún.

Ella no sabe que la estoy vigilando, o eso parece. No intentado comunicarse conmigo en los últimos cuatro meses. Ni siquiera cuando le envié los papeles de divorcio en un sobre que tenía escrito en letras grandes: “QUIERO A MI HIJO”. No me ha llamado ni para pedirme dinero. Sigo esperando esa llamada donde quiera demandarme para poder conseguir una pensión mensual. También sigo esperado alguna señal que me indique que en realidad lo dará en adopción. En el país es un proceso engorroso y difícil. Al menos que lo haga de manera ilegal. Darse el caso no ha tenido alguna cita con alguien ajeno, no presencialmente al menos.

Debo acercarme, hablar con ella y solucionar las cosas. No me refiero a hacer borrón y cuenta nueva porque seguimos siendo las mismas personas. Es un hecho que no llegaríamos muy lejos. Todo se volvería a repetir como un patrón conductual.

Necesito un plan, uno en el cual pueda hacerme cargo del niño de manera equitativa. Y otro de respaldo, donde me quedo con el niño y ella desaparece del mapa. Sin rastros ni miedos de perderlo.

Hacerlo a través de un juicio implicaría encontrar pruebas que avalen que ella no puede ser una buena madre. Más allá de mi experiencia personal donde puedo asegurar que no fue una buena esposa. Pruebas que tendrían que inventar de manera muy minuciosa para que el juez se las crea y que su abogado no tenga ningún argumento del cual colgarse para apelar. Eso requiere una gran inversión de tiempo, dinero y paciencia. La cual no tengo en absoluto.

Empiezo a desesperarme, el calor es insoportable dentro de la camioneta. No puedo hacer uso del aire acondicionado porque para eso tendría que mantener el motor prendido y no haría más que delatarme. Para que nadie sospechara de mi presencia he estado alquilando diferentes carros cada dos días. Todos con lunas polarizadas, pero de diferentes colores.

Hay momentos del día donde no entiendo porque hago esto. ¿Qué saco observándola todo el día? ¿Acaso espero de manera inconsciente que se acerque, toque la luna y me diga que tendré derecho de ver a mi hijo? ¿O tal vez espero que me encuentre y que me ponga una orden policial que no me permita acercarme a ella? Al menos así tendría una excusa para dejar de pensar tanto en todo esto. ¿Por qué tuvo que decírmelo? Si realmente hubiese deseado que la dejase ir por siempre, cosa que tenía planeado hacer, no me hubiese dicho que estaba embarazada. ¿Es que es lo suficientemente macabra como para hacerme sufrir? Estoy seguro que ella sabía que todo esto pasaría. Ella me conoce bien. Esa información no fue más que la primera pieza que cae es una gigantesca fila de dominós. Ella planeó todo esto desde un inicio Un plan perfecto para sacarme de mis casillas, torturar y al final apuñalarme.

Siempre fue calculadora, al inicio de nuestra relación buscaba difuminarlo pero mientras más tiempo llevábamos juntos no tenía tapujos. Yo ignoraba todo eso por lo hermosa que es y por el buen sexo que teníamos. Tal vez no me casé con ella porque la amaba sino por que amaba la forma como su frialdad y salvajismo para controlar las cosas se descontrolaban en la cama.

Ahora que me pongo a pensar dejé de hacer varias cosas por ella, en su búsqueda de mejorarme como persona. Tal vez viví los últimos tres años bajó los efectos de algún hechizo. Te odio Marlene, espero que cuando mueras te quemes en el infierno y vuelvas a sanar, y te vuelvas a quemar, y vuelvas a sanar y te vuelvas a quemar. Que sientas por toda una eternidad todo lo que está pasando por mi cabeza. Pagarás por mi locura hija de puta.


La sangre se mezcla con el agua. Toco mi nariz con cuidado, tal vez está rota o algo. Ella me descubrió, gritó, lloró y entonces yo intenté acércame, hablarle, pedirle un poco de justicia. Entonces se acercó su papá e intentó golpearme, lo esquivé y yo lo golpeé. Él cayó y se dobló la pierna mala, gritó, y me maldijo. Apareció su cuñado, intenté hacerle entrar en razón pero no me percate la irá que había en sus ojos y me golpeó. Tan fuerte que creo haber escuchado el sonido del hueso al partirse en dos, o tal vez en varias partes.

Ella empezó a gritar que sentía mucho dolor en su vientre. Quise acercarme, pero su cuñado me tomó del brazo y me empujó hacia mi carro. Su papá se había puesto de pie y cojeando había entrado a su casa. Intenté forcejear con su cuñado pero era muy grande y gordo. Su mamá salió y llevó rápidamente con la ayuda de sus hermanas hacia el carro azul. Me logré escapar de los brazos de su cuñado y cuando estoy cerca noto que ella está chorreando un líquido desde su entrepierna.

La fuente se ha roto, pensé. Le ofrezco ayuda desesperadamente pero su papá hace un tiro al aire y luego me apunta.


No he podido manejar muy lejos, me detenido en una gasolinera y me he encerrado en el baño. Tengo que pensar en algo. Ese dolor es sin duda de parto, tiene que serlo estamos en los ocho meses. Según internet un impacto fuerte puede causar el parto prematuro, quizás le realicen cesaría. Debo pensar en qué hacer. No puedo acercarme al hospital, no cuando este su cuñado y su padre con su pistola. Pienso en que puedo disfrazarme de enfermero y entrar. Tal vez puedo entrar por emergencia. Si me aseguro que mi nariz esté rota no me negarán la entrada. La toco, pero el dolor parece ser solo muscular. Tiene que estar rota. Tiene que ser una emergencia de verdad. Tengo que verme muy adolorido.

Entonces sin pensarlo dos veces, con un movimiento rápido, golpeo mi nariz contra el lavamanos y esta vez el sonido del crack no es una alucinación, o tal vez sí. El dolor se desplaza por todo mi cuerpo como si se hubiese estado conteniendo por una represa que acabo de romper. Intento caminar pero mi cerebro no responde, está muy ocupado enviando señales de emergencia a todos mis sentidos. Los gritos emanan de mi boca como un vomito. No puedo controlarlo. Mi mano por inercia se dirige a mi nariz y esta vez sí siento el hueso roto debajo de mi piel. Miro el espejo, este me mira de vuelta. ¿Quién soy? ¿En qué me he convertido? ¿En qué me ha convertido?  Estoy empapado de sangre y mi nariz está doblada hacia un lado. Entonces sé qué debo hacer. La adrenalina reemplaza el dolor y salgo hacia el auto.

Todo se ve borroso, poco a poco mi visión se va apagando. Estaciono de mala manera el auto y bajo con la poca fuerza que me queda. Choco con una mujer, se detiene, me mira y comienza a gritar. Otras personas se detienen y me quedan viendo. Uno de estos se me acerca y me ayuda a caminar hacia la entrada de emergencia. Todo está borroso. Cierro los ojos mientras arrastro los pies. Entonces veo una maño pequeña, minúsculo y quiero tomarla. Quiero agarrarla y sentir la indefenso que es mi hijo. Uso el adjetivo posesivo porque será mío, de nadie más. Una enfermera se acerca y me pide explicaciones. Le digo el nombre de mi padre y ella pide una camilla para mí. Le pido que le avise a mi padre. Ella me dice que está operando, insisto diciéndole que siento que me voy a morir. Ella cambia su semblante y me asiente levemente, me promete que hará todo lo posible.

Lucho contra mí mismo para no caer en el inconsciente. Es una pelea muy reñida. Somos yo y la locura. Estoy loco, ella me ha vuelto loco, pienso. Todo es su culpa. Si ella no hubiese aparecido en esa entrevista de trabajo vistiendo de manera tan puta tal vez no la hubiese contratado. Si su apetito sexual se hubiese esfumado tal vez no hubiese tenido excusa para seguir con ella. Si no hubiese sido tan buena conmigo, nada de esto estaría pasando. Si tan solo ella hubiese empezado a ser una bruja un poco antes de que uno de mis mil millones de espermatozoides fecundara con éxito su óvulo, estaría cuerdo y disfrutando del divorcio. Mira lo que me has hecho perra loca, quieres que te deje en paz, ¿cierto? Haré todo para que pareciese que esto nunca hubiese pasado.


Mi papá me mira con cierto miedo con lo que le acabo de proponer, su expresión es efímera. Desaparece cuando siente orgullo de lo macabro que puedo llegar a ser.

—¡Eres un huevón de mierda si crees que pondré en juego mi nombre por ti!

—Sé que mataste a mamá —suelto rápidamente antes de que prosiga—. Te vi varias veces cambiando el contenido de los estuches donde mamá guardaba su medicina.

—Tú no sabes nada…

—Tengo la receta con tu firma y fecha de pastillas que podrían matar a un elefante.

—¿Cómo…

—Te veía tirarlas a la basura, corría y las guardaba. En esa época solo buscaba imitar tu firma para hacer permisos de inasistencia en el colegio. Cuando me mudé encontré entre los papeles las recetas que tú mismo escribías y firmabas y mandabas a Juanma a comprar porque yo no quería ayudarte. Él es más flexible, más noble, más idiota si quieres ponerlo así. Lo matarías si supiera que fue cómplice del asesinato que cometiste.

La expresión del viejo doctor era difícil de descifrar.

—¿Crees que alguien te va a creer? Lo de tu madre fue hace año. Esa mujer no hacía más que convertirlos en hombres débiles. En unos maricas. Por poco y tú hermano no se volvió homosexual.

—Tienes en tu expediente un caso de muerte por negligencia médica papá, no sería tan difícil convencer a los jefes del hospital que por lo menos hagan una investigación.

Guarda silencio y sale de la habitación. Intento seguirlo pero no siento mis piernas por el relajante que me han puesto hasta que me hagan la radiografía. La enfermera aparece y le pido que me lleve a ver a mi esposa que va dar a luz. Me dice que tiene órdenes por el doctor para hacer las placas, que en mi estado no puedo estar haciendo esfuerzo físico. Le pido por favor, le suplico y ella me mira con pena. Me promete que después de ver al radiólogo podría llevarme ella misma. Tengo que asegurarme que mi papá haga lo que le pedí. Tengo que hacerle sentir que la amenaza es grande. Trato de ponerme de pie pero no puedo. Entonces le empiezo a reclamar y me pongo histérico. Mi corazón se desespera dentro de mí. Ella me quiere calmar y al ver que las palabras no funcionan me aplica algo que me deja todo en negro…


El grito es incesante. El dolor es evidente pero los años no solo se han encargado de desgastar mis huesos y arrugar mi rostro, sino que además habían enterrado mis sentimientos. Podría decirse que era inmune al dolor ajeno y me sentía muy orgulloso de ello. Solo una mente fuerte es capaz de lograr tal aislamiento. La maldita grita de dolor así que le ordeno a la enfermera que le aplique algún tranquilizante. Me pregunta si estoy seguro pero una solo mirada es necesaria para que acate las órdenes.

Procedo a cortar, no tomo cuidado alguno mientras lo hago. No sentiría cargo alguno si le quedara una gigantesca cicatriz que le haga recordar que con mi familia no se meten.

Hay mucha sangre. Hay tanta que hace esto mucho más emocionante.

Debo dejar algo en claro. Sobre todo, para mí mismo. Esto no es porque el insensato de Juan Alejandro me estuviese amenazando. Ese pedazo de mierda nunca haría algo tan osado. No tiene los huevos suficientes. Esto lo hago porque no puedo permitir que ensucie nuestro apellido de manera tan semejante.

Cuando tengo a la criatura no fue tan difícil tomar entre mis dedos ese pequeño cuello y aplastar con la fuerza necesaria para detener la respiración.

Nació muerto, dirá el resultado de la autopsia. Me encargaré de eso. Todo será natural. Me siento como un dios, todopoderoso, capaz de controlar la vida y la muerte.

Hasta pronto pequeña criatura, es tu silencio por el de tu padre. Nos vemos en el infierno para un reencuentro familiar.

arnoldcamus
arnoldcamus
Fotógrafo y videografo. Amante de la lectura, escritura y sobre todo de la música.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *