El misterio de Victoria
February 23, 2016
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Descontrolada

¿Qué pasa cuando de pronto te desconoces a ti misma? Cuando actúas de una manera totalmente distinta a como sueles hacerlo, cuando tus respuestas no tienen concordancia con tus propios principios. Tengo reglas pero lo que ahora tengo es miedo. Mucho miedo porque desde un inicio él era capaz de romper mis esquemas. Desde la primera vez que lo vi, cuando iba emergiendo y mis ojos por primera vez experimentaban ese magnetismo sobre él, algo tan inusual en mí. Mi cabeza lo seguía mientras se acercaba y no pude dejar de pensar en que tal vez…

—Estás callada.

—Estoy nerviosa.

—Sigo pensando que es una mala idea.

—Solo estoy yendo a ver a un amigo cantar.

—Sí, claro —dice con mucho sarcasmo. Sé que no me cree, yo también estoy dudando tanto que no me lo creo. No me creo que después de un largo debate personal me subiera al bus y recorriera toda la cuidad. Una hora de viaje donde por ratos solo observaba la puerta que se abría en cada parada y calculaba cuanto tiempo demoraría en volver a mi casa desde ese punto. Volver y poder entrar a la seguridad de mis cuatro paredes y no dejar que las emociones sean la brújula de la noche. Porque eso es muy peligroso.

—¿Está muy lejos?

—No, solo estoy dando vueltas para darte tiempo a que recapacites.

—Deja de cuestionar mis acciones.

¿Le grité? No es un grito, es la histeria, es esa parte que de pronto aflora cuando él está ocupando una gran parte de mis pensamientos. Es la primera vez que lo veré sin la presencia de Daniela. Es la primera vez que seremos yo y él conversando y no un nosotros. No festejo de esta manera que mi mejor amiga se haya ido del país, no es un festejo al saber que su hermano menor ahora está solo, no es un festejo al saber que ya no es necesario que ella esté para vernos y dejar las conversaciones virtuales, para poder conversar, para obligarle a que lea los libros que amo y para que me cante las canciones más hermosas, canciones que provocan en mí el remolino más grande de dudas que ponen en peligro mi estabilidad emocional, como si…

—Estamos cerca.

—¿Escuchas?

La estrecha calle de Barranco se llena del eco de su voz, amplificado por algún parlante. Inconscientemente siento celos, porque esa voz es la que me canta a través de los audios de los mensajes de celular, esa es la voz que me canta al oído y ahora no solo es una voz para mí sino para todo el mundo. Me detengo, estoy nerviosa, no estoy actuando como suelo hacerlo. No me deberían importar estas cosas, no debería dejar que alguien provoque esto dentro de mí, no debería, no debería pero lo estoy dejando. Me siento débil, me siento pequeña, me siento…

—¿Es él?

Asiento porque no puedo pronunciar palabra alguna. Tal vez aún puedo tomar el último bus a casa. Miro la hora en la pantalla del celular, son las…

—Entra tú primero.

—¿Estás loco?

—Entra, lo saludas y sales.

—¡Prometiste que me acompañarías!

—Le he prometido muchas cosas a varias chicas y no las he cumplido todas.

Bromea, lo sé. Él cree que pierdo mi tiempo. Él cree que Braulio es un imbécil por dejar nuestras conversaciones colgadas en la angustia, por ver los mensajes y no responderme después de muchas horas de haberlos leído. Odio la tecnología, la odio mucho. Odio saber que no quiera contestarme, odio saber que su silencio es totalmente intencional. Eso es razón suficiente como para correr a la estación de…

—¡Muévete!

Ronald me empuja mientras entra al local, lo sigo con una velocidad inversamente proporcional. La entrada parece una tienda de adornos coloridos, con paredes repletas de cuadros con dibujos de aves. El lugar está muy iluminado, como si fuera el cielo. Hay una puerta que da hacia la parte trasera, de donde proviene su voz. Me muevo lentamente a pesar de que Ronald me hace señales con la mano para que acelere el paso, como si fuese parte de una competencia de tortugas. Mientras me acerco va apareciendo en el suelo una escalera que da hacia el sótano sin techo alguno, en una esquina del sótano hay un minúsculo escenario y entonces la voz tiene un rostro que está ligeramente cubierto por una gorra. Me quedo en frío, mis músculos se congelan, mis piernas empiezan a temblar como si estuviesen hechas de gelatina y entonces estoy en problemas porque creo que estoy…

—¿Va a ordenar algo? —la voz del mesero tiene un acento distinto, es Colombiano. Me sonríe esperando una respuesta pero no logro concentrarme en una.

—Dos botellas de agua están bien —interviene Ronald.

—No, para mí un pisco sour de maracuyá —corrijo, necesito algo que me de las fuerzas necesarias.

—¡Qué envidia! Como no tienes que manejar.

El mesero apunta la orden y desaparece por la escalera. A la derecha hay como un balcón con mesas desde donde si te acercas lo suficiente a la baranda puedes ver el abarrotado sótano. Me dirijo hacía allí para ocultarme, no quiero que me vea, no quiero que sepa que ese “no estoy segura de que vaya” fue una mentira para ocultar mis infinitas ganas de verlo, de escucharlo. Muevo inconscientemente el pie izquierdo por nerviosismo porque creo que…

—¿Por qué no quieres bajar?

—No quiero que me vea.

—¿Me estás jodiendo, no? Prácticamente has recorrido Lima de cono a cono y ahora te quieres ocultar como si fueras una groupie acosadora.

—¿Por qué eres tan tosco?

—Así es la realidad, tosca, tan tosca que raspa y hace sangrar.

—Deja de darte aires de escritor.

—Deja de ocultarte como si estuvieses cometiendo un error. ¡Por dios solo estás viendo a un amigo cantar!

No le respondo, no estoy con el ánimo para herirlo psicológicamente. El mesero deja las bebidas y se retira. Le doy un sorbo al pisco y siento como quema, el alcohol activa mis sentidos y puedo sentir como mi cuerpo empieza a flotar. ¿Qué me pasa? Yo no me comporto de esta manera, yo no soy así. Siento que soy una adolescente que no conoce las consecuencias que deja el amor, una chica inexperta que cree que todo es blanco y negro cuando el mundo está lleno de matices tan salvajes que no me explico cómo puedo suspirar de esta manera al escucharlo. Es tan contradictorio. Si el amor dejara marcas visibles estoy segura que tendría quemaduras de tercer grado en todo el cuerpo. El tiempo fluye rápido, corre como el agua por una manguera y cuando anuncia el fin de la presentación mi corazón se agita como si fuese la explosión del agua al llegar a la superficie. Me pongo de pie, dejo dinero en la mesa y le ordeno a Ronald que se levante.

—Vámonos.

Pero cuando estoy por salir todo se descontrola. Él está ahí. Conversando con alguien, lo están felicitando por la presentación. Empiezo a caminar lentamente pero soy tonta, porque no puedo dejar de verlo, y las miradas pesan. Él mueve la vista y me ve. Sonríe, sonrío y sé que estoy enamorada y que inevitablemente esto acabará mal, porque como en toda guerra siempre hay un solo vencedor. Y esa no seré yo.

2 Comments

  1. Victoria says:

    Vaya!! Me demoré en leer este cuento por alguna razón llamada olvido. Pero hoy lo leí y sentí que me conmovió y mucho y eso es lo que me gusta de los cuentos cortos. Te dan la dosis necesaria de lo que es bueno.
    ¿Habrá más?
    Dependerá si hay otra cita para verlo cantar.

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